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Éramos un grupo de chavales de unos dieciséis años, con esa edad se puede imaginar lo caliente que estábamos. Cuando nos reuníamos en el barrio, casi todas las tardes acabábamos hablando de mujeres y lo qué le haríamos. Aquello no conducía más que a acabar pajeándonos cada uno en nuestra casa. Algunas veces nos reuníamos en casa del que estuviera solo y llevábamos nuestras revistas o vídeos pornográficos que nos servían de fuente de inspiración y aprendizaje para lo que en un futuro les haríamos a las chicas con las que tuviéramos nuestra primera relación sexual. Y como era la costumbre acabábamos demasiado calientes y masturbándonos en la soledad de la noche cada uno en su cama.

Pero un verano nuestra suerte cambió. Sólo quedamos en el barrio Ramón, Nacho y yo, que me llamo Enrique, los demás se habían ido de vacaciones con los padres a distintas partes del país. Y así los tres conocimos a las estupendas María del Carmen, Luisa y Raquel, que pasarían dos semanas allí en nuestra ciudad a las que les serviríamos como guías y diversión en las calurosas tardes de aquel verano, esperando que ellas nos sirvieran para aplicar los conocimientos sobre sexo que habíamos estudiado durante el largo y frío invierno.

Destacar que no sólo éramos novatos en esto del arte amatorio, si no que además no creíamos en nuestra propia valía, así que como tres verdaderos estúpidos empezamos a buscar algo que nos volviera irresistibles para aquellas tres preciosidades que habíamos conocido.

En las revistas que nos culturizaban sexualmente siempre había muchos anuncios de productos mágicos para no pasar una noche aburrida con una chica. Los tres nos reuníamos en casa de alguno y como buenos idiotas repasábamos la revista de arriba abajo, leyendo cada anuncio y creyendo cada promesa que hacían.

El problema que teníamos, aparte de ser tan crédulos, era que los envíos no estarían a tiempo de aprovechar a las hermosas chicas que Dios en su inmensa bondad nos había ofrecido, ya que ellas se irían en apenas catorce días y el plazo de entrega que todas aquellas milagrosas tiendas daban eran de un mes. No había forma de utilizar aquellos milagrosos productos.

-¡Mirad! – Dijo Nacho. – Este es de una tienda que está aquí, en la ciudad, en la calle de la Purificación… - Los dos nos acercamos a Nacho. – “Chia Pau. Productos artesanales chinos. Productos para el placer.”

Al día siguiente estábamos los tres, por la mañana, buscando aquella tienda. Llegamos a la calle en cuestión y, a parte de un bar y una panadería, sólo había un local con una puerta cerrada. Los cristales estaban cubiertos por un material, como unas láminas adhesivas que impedían ver el interior y en la parte superior de la puerta sólo se podía leer “CHIA PAU”.

No sabíamos bien qué hacer, qué nos encontraríamos allí dentro. Ramón giró el pomo de la puerta y una voz sonó dentro.

-¡Pasen, pasen! – Tenía un marcado acento chino. - ¡Aquí tienen todo lo que necesitan!

Los tres entramos tímidamente. Allí estaba un pequeño hombre, viejo que nos miró de arriba abajo preguntándose que buscaríamos en aquella tienda y en que revista habríamos mirado su dirección.

-¿No son demasiado jóvenes para buscar algunos de mis productos? – No comentó y todos temimos su negativa a vendernos cualquier cosa.

Los tres estábamos bastantes nerviosos e intentábamos comentarle nuestra situación. Le explicábamos que para nada queríamos aprovecharnos de aquellas chicas, simplemente queríamos algo que aumentara el posible deseo que hubiera en una chica.

-No queremos aprovecharnos de ellas. – Explicaba Nacho. – Pero si en alguna existe el deseo de amarnos, pues que no se detenga…

-¡Ah, ustedes son hombres inseguros! – Los tres nos miramos sin saber que quería decir pero afirmando cualquier cosa que dijera. – Entonces necesitan estas velas aromáticas de la planta del deseo. – Sacó de debajo una caja con diez velas de color amarillento, no muy grandes y la colocó sobre el mostrador con una maliciosa sonrisa. – Si una mujer te desea y huele esta esencia, se olvidará incluso de donde está y simplemente se te ofrecerá sensual y voluptuosa…

-Y son muy caras… - Dijo Ramón.

-Bueno, por su efectividad sí lo son, pero como es para que os iniciéis, o las dejo en diez euros… - Nos miró expectante a ver nuestra reacción. - ¿Qué, las queréis?

Los tres nos miramos y aceptamos, ese era nuestro presupuesto y no lo gastaríamos en aquellas velas para ver si conseguíamos nuestro objetivo. A fin de cuentas las chicas se irían en pocos días y no teníamos otra opción. Así que cogimos la caja y le dimos el dinero. Los tres salimos de allí ideando el plan para tener nuestro primer sexo con mujeres, con aquellas tres preciosidades. Miramos la caja que venía con unas letras chinas que no entendíamos y algo en inglés que tampoco, así que teníamos que confiar en la palabra de aquel viejo.

La idea era quedar dos días después en casa de Nacho. Sus padres iban a salir de viaje durante dos días y él quedaría solo. Por el día estaría conmigo, comería y demás en mi casa y por la noche, si ellas aceptaban, cenaríamos en su casa. Y así se planeo y así aceptaron las tres chicas a pasar la tarde en casa de Nacho y después cenar con nosotros.

Y así pasaba todo, durante la tarde de aquel día estábamos esperando a que llegaran las tres chicas. Sobre las siete aparecieron y después de un rato de charla los seis nos fuimos a la piscina que tiene Nacho en su jardín.

Las tres nos parecían excitantes al verlas en bikini, incluso Raquel que era algo rellenita, pero que hacía que Ramón estuviera constantemente en celo. Cada uno se acercaba a la que le gustaba y toda la tarde la pasamos intentando intimar algo más con ellas.

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Más tarde, a eso de las diez de la noche, decidimos cenar. Pedimos comida a un chino y preparamos en el porche la mesa con cinco velas para ver si aquello funcionaba. Durante toda la comida la velas estuvieron encendidas y ellas seguían igual, impasibles y sin reaccionar de ninguna manera de las que nuestras calenturientas mentes habían imaginado. Tras la cena las velas apenas se habían consumido por la mitad. Nos mirábamos y pensábamos que tal vez tenían que consumirse por completo o en un lugar cerrado… Estábamos impacientes y nada ocurría.

Ramón fue el primero en reaccionar e intentó aproximarse más a Raquel, intentando abrazarla y besarla. La reacción fue inmediata, una bofetada y las tres tardaron poco en levantarse y marcharse de allí con una frase como despedida: “Creíamos que ustedes erais diferentes, pero todos buscáis lo mismo”. Y allí quedamos los tres, solos y mirando como se consumían poco a poco las velas de la estafa. Unas cuantas de copas del whisky que tenía el padre de Nacho hizo que nuestra frustración acabara en risas por la tomadura de pelo que habíamos recibido del chino.

-¡Trae las velas que quedan! – Dijo Ramón. - ¡Las voy a mandar a tomar por culo!

-¡Quieto! – Le dije. - ¡Las he pagado yo y por lo menos huelen bien! ¡Me las llevo y veré si me sirven para algo!

Y así acabó aquella noche en la que nos prometíamos tener el mejor sexo de nuestra vida y que acabó viendo las películas que tantas veces habíamos visto.

Al día siguiente, Nacho nos levantó temprano y entre los tres recogimos las pocas cosas que quedaban de la “loca noche” que habíamos pasado. Después cogí la bolsa en la que llevaba la ropa de baño y las malditas velas y marché a casa.

El resto del verano transcurrió como todos los que habíamos pasado los años anteriores. Los tres quedábamos e intentábamos buscar chicas que nos enseñaran las prácticas de tantas lecciones de sexo que estudiábamos por nuestra cuenta. Pero nada, un día, otro, una semana y nada ocurría, aquel verano se convirtió en monótono y desesperante.

Hasta tal punto estaba harto de aquella monotonía que empecé a no salir a la calle. Pasaba los días en mi habitación, jugando con la consola, leyendo algo que no fuera demasiado aburrido, pero nada cambiaba en mi verano. Además la previsión de ir a veranear a algún sitio cada vez era peor. Mi padre tenía que estar los dos meses trabajando pues las cosas de los negocios no iban bien y ni siquiera podía salir de aquella aplastante monotonía ni por una semana. Así que todos los días lo pasaba en soledad con la única compañía de mi madre.

-¿Por qué no sales con tus amigos? – Me preguntó una tarde.

-¡Es que me aburro de hacer siempre lo mismo!

-¡Vaya hijo, lamento no poder darte dinero para que os fuerais por ahí de viaje! – Me dijo apenada por la mala situación económica que teníamos. - ¡Esta noche te haré la comida que tanto te gusta a ver si eso te anima! - Se marchó de la habitación y quedé apretando los botones del mando de la consola.

Estaba echado en la cama, escuchando música y fuera sonaba la terrible tormenta eléctrica que azotaba los cielos. Ya no entraba luz por la ventana y sólo los flases de los terribles rayos iluminaban de forma temblosa, debían de ser más de la diez de la noche. Mi madre me llamó desde el salón para que fuera a comer. Entré y allí estaba la mesa preparada con aquella comida que tanto me gustaba. Ella estaba sentada esperándome. Llegué y separé la silla de la mesa para sentarme, y en aquel momento todo quedó a oscuras.

-¿Qué habrá pasado? – Dijo ella. – Mira a ver si la calle está a oscuras…

-Sí. – Dije yo. – No se ve ninguna luz en toda la calle…

-Oiga… - Dijo mi madre hablando por el teléfono. – Sí, esa es la dirección. Vale espero. – Permaneció unos minutos a la espera. – Sí, dígame. Ah, vale… un rayo… ¿Tardarán mucho en repararlo? Bien, no lo saben… vale, gracias. – Dejó de hablar con la compañía de electricidad. - ¡Pues busquemos algo para alumbrar pues esto parece que va para largo! ¡Espera, ya sé donde tengo unas velas!

Por lo visto un rayo había dañado un centro de transformación y tardarían en reestablecer la luz. Mi madre apareció por el pasillo con un candelabro que tenía de esos que sirven para adornar, con cinco brazos y en cada uno una vela. Lo colocó en medio de la mesa y podíamos ver perfectamente la comida.

-¡Esto es una cena a la luz de las velas! – Rió divertida por la situación. - ¡Sólo espero que no se estropee la comida que hay en el frigorífico!

Empezamos a comer, no recordaba cuando fue la última vez que comimos en casa sin la televisión. Mi madre sonreía y hablaba. Me fijé en lo guapa que se la veía con aquella titilante luz. Ella tenía unos bonitos ojos verdes con un extraño brillo. Acabamos el postre y un aroma me invadió, era un olor que ya había olido antes, eran las velas que habíamos comprado al maldito chino. ¡Por lo menos servían para algo y no tiré el dinero!

-¡Uf Enrique, sin el aire acondicionado hace mucho calor! – Dijo mi madre desabrochándose dos botones de la camisa que llevaba puesta. - ¡Siento un calor por dentro! ¡Creo que me he pasado con la pimienta de la ensalada!

Se abanicaba con la mano y no paraba de tirar de las solapas de la camisa para que el aire corriera por su cuerpo. Con cada movimiento que se producía en su camisa, podía ver la redondez de sus pechos. Se levantó y abrió por completo la ventana para intentar que el aire corriera por aquella habitación.

-¡Hijo, sóplame a ver si así me refresco!

Se colocó a mi lado y se inclinó hacia mí separándose las solapas para que le soplara. Soplé deleitándome en la visión de sus hermosos pechos contenidos por aquel blanco sujetador. Soplé delicadamente admirando sus senos.

-¡Uf, qué alivio! – Agitaba la fina tela de la camisa. - ¿Nunca has visto el pecho de una mujer? – Me preguntó y mi cuerpo se agitó por un sentimiento de excitación y culpa por mirar el cuerpo de mi madre. - ¡Y no vale las mujeres de las revistas que escondes en tu armario!

La miré a la cara que estaba a poca distancia de la mía, sentí como me ruborizaba al ser pillado por mi madre, ella conocía mi escondite, sabía que “estudiaba” en secreto. Aquella fluctuante luz le daba una sensual belleza a mi madre, sus ojos tenían un brillo que nunca había visto, su lengua pasó lentamente por sus labios y le confirieron un excitante brillo.

-¡Seguro que no recuerdas cuando te alimentabas de ellas!

Abrió más la camisa y me mostró sus hermosos pechos. Mi cuerpo empezó a temblar. La maldita magia de aquel chino estaba funcionando con la mujer equivocada… Mi madre cada vez era más sensual, más excitante. En el encaje blanco resaltaba sus oscuros pezones. Sin duda la magia estaba haciendo efecto pues mi madre siempre se portó de forma púdica conmigo, no mostrándose nunca desnuda o con poca ropa ante mí. Y ahora esto, no creo que se hubiera liberado tanto en una sola noche a no ser por el efecto de las malditas velas.

-¡Así que a mi pequeñín le gusta mirar las cosas que hacen los mayores! – Agarró su falda y la subió un poco, abrió sus piernas y se sentó en mi regazo, sus brazos me rodearon por el cuello. - ¿Te gusta sentir cerca el cuerpo de una mujer?

-Ma… Mamá… - Intenté contestar poseído por los nervios que me producía su contacto. – Esto… esto no está… no está bien… ¡Para ya!

-¿Por qué? – Me contestó con una voz totalmente sensual y sus labios intentaron besarme pero la esquivé y la forcé a levantarse. - ¿Tu madre es menos mujer que las de las revistas? – Conseguí ponerme de pie, pero ella seguía abrazada a mi cuello y nuestros cuerpos estaban demasiado juntos. - ¡Dale un beso a tu madre!

De nuevo lanzó un ataque contra mi boca. Sus labios junto a los míos se movían desesperadamente, implorando respuesta, sentí su calida lengua que quería entrar en mi boca. Mis manos agarraron sus brazos y haciendo fuerza conseguí separarme de ella.

-¡Mamá, debes detenerte, no sabes lo qué te ocurre!

-¡Sí que lo sé! – Me contestó sin dejar de acercarse a mí. - ¡No quiero que mi hijo aprenda cosas malas de otras mujeres! ¡Mami te enseñará!

No cesaba en su acoso, despacio, sensual se acercaba acariciando suavemente su cuerpo, con una sonrisa maliciosa. Sus manos me dieron un empujón y caí sobre el sofá.

-¡Mamá, no debes hacerlo!

Se arrodilló delante de mí, separó mis piernas y se colocó entre ellas. Acariciaba suavemente mis muslos hasta llegar a mi pene. Lo acariciaba por encima del pantalón y mi sexo reaccionó ante sus insistentes caricias.

-¡Vaya, mi niño ha crecido… ya es todo un hombrecito! – Su mano se aferró a mi pene para apreciar el grosor que había tomado. - ¡Guau, crece por momentos!

-¡Mamá, esto no puede ser! – Le dije y uno de sus dedos se posó sobre mis labios para que callara.

-¡Mami sabe que es bueno para su pequeñín…!

Su mano se coló por debajo del pantalón corto y bajó los calzoncillos. Sus dedos acariciaron con deleite mi glande que estaba hinchado por la excitación que le producía tan delicadas caricias. Sus dedos rodearon por completo el tronco en que se había convertido mi pene y los agitaba lentamente a todo lo largo.

-¡Dios, has crecido mucho! – Me miraba a los ojos mientras podía sentir sus caricias, nunca imaginé que la lujuria convirtiera a mi madre en aquel ser tan sensual. - ¡Te voy a enseñar cómo disfrutar con una mujer!

Sus manos agarraron mi pijama y me lo quitó junto con los calzoncillos. Mi pene quedó expuesto a su mirada, endurecido, turgente, palpitando de deseo de sentirse acariciado por las manos de mi madre. Hasta ese día me había hecho muchas pajas, pero nunca había visto que alcanzara el tamaño que tenía aquella calurosa noche. Su mano subía y bajaba, mi cuerpo temblaba preso de la terrible sensación de estar haciendo algo de lo que seguro ella se arrepentiría una vez se le pasara los efectos de aquellas velas.

-¡Qué guarda para mami este pellejito! – Su mano hizo que el prepucio bajara totalmente, ante sus ojos apareció mi glande brutalmente hinchado y preparado para lo que deseaba que ocurriera. - ¡Dios que suave! – Pasó su dedo gordo por él mientras los otros cuatro rodeaban mi pene, acariciando la zona más sensible de mi pene. - ¡Me encanta el olor de una buena polla! – Dijo acercando su nariz al glande de cuyo agujero empezaba a brotar una pequeña gota de líquido preseminal. – ¡Deseo tu néctar! – El contacto de su lengua en mi pene me produjo un gran placer y sentí como un calambre recorría toda mi espalda, me sentía como en un sueño.

Lamió aquella gota y la saboreó. Podía ver la cara de placer que ponía mientras su mano no paraba de acariciarme, estaba gozando. Su lengua se movía alrededor de mi glande, acariciándolo, recreándose en seguir su circular forma. Su mano acariciaba toda la longitud de mi pene, apreciando la dureza que había llegado a tener por la acción de su lengua. Sus labios rodearon mi grueso glande y succionó con fuerza sobre él.

-¡Ah, mamá vas a hacer que me corra!

No dijo nada, siguió chupando de igual forma mostrándome que eso era lo que quería, deseaba mi semen. Mientras su boca se aferraba a mi glande, una de sus mano masajeaba mis testículos, como queriendo que mi semen saliera. No pude hablar más, la visión de mi madre mamando y los placeres que me estaba dando me impedían que pudiera articular palabra. Sólo los movimientos reflejos que mi cuerpo daba como respuesta a ella, le indicaban lo que estaba por ocurrir.

Cerré los ojos y una enorme descarga de placer invadió mi cuerpo. Mi semen recorrió todo mi pene hasta sentir el enorme placer de lanzarlo en el interior de la boca de ella que no dejó de mamar mientras su boca se inundaba con mi blanco semen. No se detuvo ni cuando dejó de salir semen, podía sentir en mi glande como su boca seguía chupando y el temblor de mis piernas le mostraba el tremendo placer que me daba, implorando que parara de darme esa dulce tortura.

Apartó su boca de mi pene mientras su mano aún lo agarraba. Me la mostró llena de blanquecino semen y después de cerrarla todo desapareció. La imagen de mi madre volvió a excitarme y mi pene apenas bajo algo su dureza. Siempre había tenido a mi madre por una mujer más bien puritana, que tenía una relación más o menos normal con su marido y a la que aquellas prácticas sexuales no debían de gustarle. Pero estaba preocupado, por un error había cogido las malditas velas y habían hecho efecto sobre ella.

-¡Mamá, esto no puede ser! – Le imploré que parara intentando apartar su mano de mi pene. - ¡Estás bajo el influjo de un hechizo!

Entonces recordé las palabras del maldito chino: “Si una mujer te desea y huele esta esencia, se olvidará incluso de donde está y simplemente se te ofrecerá sensual y voluptuosa.” No podía ser que mi madre me deseara en silencio y aquella esencia le hubiera hecho olvidar incluso que estaba con su hijo. Es verdad que con las tres chicas no había hecho efecto, seguramente ellas no estaban interesadas en tener sexo con nosotros, pero tal vez mi madre tenía un deseo oculto, tal vez ella me deseaba desde hacía algún tiempo y aquellas velas hicieron que se despreocupara de la situación y diera rienda suelta a su verdadero deseo.

-¡No hijo, estoy muy caliente, los hechizos no existen! – Sus labios besaron mi glande de forma cariñosa. -¡Esta preciosidad va a satisfacer todos mis deseos!

Me incorporé como pude y quedé sentado en el filo del sillón. Empujé a mi madre y ella se puso de pie entre mis piernas, impidiéndome apartarme de ella. Se desabrochó la falda y cayó al suelo. Delante de mis ojos tenía a mi madre en bragas, blancas y de encaje como su sujetador. La veía a contra luz pues la velas estaban detrás en la mesa. No podía apreciar perfectamente los detalles de su vientre y su sexo cubiertos por tan delicada prenda, pero podía apreciar perfectamente el contorno de sus anchas y excitantes caderas.

-¡No puedes dejar a tu madre de esta manera! – Agarró el filo de sus bragas y comenzó a bajarlas hasta quitárselas por completo. - ¡Estoy caliente y tu polla puede aplacar este calor que me invade!

-Pero mamá, esto no puede ser… Esto está mal, no podemos hacerlo… Esto es incesto…

-¡Es incesto y eso lo hace más excitante! – Se acariciaba su raja mientras me la aproximaba a mi cara. – No sé si serán las velas, el ambiente o que tu padre hace mucho que no me folla bien, pero esta noche tú eres el único hombre que hay en casa y vas a aplacar mi calentura… ¡Te lo manda tu madre!

Ella se acercaba cada vez más y puse mis manos en sus caderas para pararla. Sus manos las agarraron y las apartaron para llevarlas a su culo mientras seguía acercando más su sexo a mi boca.

-¡Imagina qué deseo!

Sentía en mis manos su culo, algo flácido pero bien redondo. Lo empecé a acariciar mientras su raja estaba a poca distancia de mi boca. Mi nariz se invadió del íntimo aroma de mi madre, los flujos que su vagina lanzaba me llamaban para darle placer, para satisfacer la lujuria que la invadía.

-¡Acaríciame con tu lengua! – Sus manos acariciaban mi cabeza maternalmente. - ¡Apaga con tu saliva el fuego de mi sexo! ¡Deseo sentirte en mi coño!

Podía apreciar con aquella luz que su raja estaba depilada, salvo un pequeño triángulo que tenía en la parte superior, justo donde empezaba. Nunca había dado placer con mi boca a una mujer, bueno nunca había dado placer a una mujer con ninguna parte de mi cuerpo, así que recordé las lecciones que había obtenido de revistas y películas y me lancé improvisando sobre la marcha.

Saqué mi lengua y me acerqué a su vientre. Toqué su raja con la punta de la lengua y podía sentir sus carnosos labios. Mis manos se aferraron a su culo, hundiendo mis dedos en sus redondos cachetes y empujándola contra mí.

-¡Eso es, poco a poco! – Su mano empujó mi cabeza contra ella. – ¡Juega con mis labios y sepáralos!

Mi lengua se movía por aquellos carnosos labios, saboreando el rastro de flujos que su vagina me lanzaba para guiarme. Sus manos agarraron las mías y me las apartó de su culo. Me separé esperando, su pierna derecha se levantó y la colocó sobre el sillón, de forma que me ofrecía por completo su raja para que le diera placer. Podía ver como brillaba sobre sus muslos los hilos de flujos que caían desde su raja. Una de sus manos se posó sobre mi cabeza y me empujó para que siguiera lamiendo su coño. Mi mano derecha se aferró a su muslo mientras la otra la pasé por debajo de ella para agarrar de nuevo su redondo culo. Mi boca de nuevo estaba contra su raja y mi lengua jugaba con sus labios. El olor de mi madre se hizo más intenso cuando mi lengua separó sus labios y sentí la suavidad del interior de su coño.

-¡Eso es! – Dijo con un suave gemido de placer al sentirme dentro de ella. - ¡Cómele el coño a tu caliente madre!

Tener sexo con mi madre me volvía loco, pero escucharla hacía que mi pene se tensara de una forma que nunca antes había sentido, sus palabras casi conseguían que me corriera. Pasé mi lengua por toda su raja. En la parte superior sentí como el bulto de su clítoris era bastante grande. Bajé por aquella caliente raja hasta notar la mojada entrada de su vagina que no paraba de lanzar flujos invitándome a invadirla.

-¡Sí, así cariño! – Gemía y se estremecía entre mis brazos mientras mi lengua la acariciaba. - ¡Ya sabes que se siente cuando una mujer te da placer con su boca! – Sus caderas no dejaban de moverse presionando su coño contra mi boca. - ¡Eres bueno dándome placer con tu lengua! – Sus gemidos y movimientos se iban haciendo más duros. - ¡Esta noche te voy a enseñar todo lo necesario para volver loca a una mujer! ¡Chúpame el clítoris, castiga mi clítoris!

Su mano agarró un puñado de mis pelos mostrando el placer que sentía cuando mi lengua buscó su clítoris en todo lo alto de su raja y lo acarició con suavidad. Podía sentir en la punta de mi lengua la punta de su clítoris y como aquella caricia hizo que sus caderas se movieran inconcientemente. Su mano acariciaba mi cabeza mientras mi lengua jugaba con el endurecido bulto que había brotado entre aquellos mojados labios vaginales.

-¡Mámalo, chúpalo como si fuera un pezón!

Mis labios rodearon su clítoris y succioné con fuerza. Un gran gemido brotó de la garganta de mi madre que empujó su coño contra mi boca ferozmente. Seguí mamando aquel clítoris que parecía una diminuta polla. Los gritos y palabras de placer que mi madre lanzaba enloquecida por el placer me excitaban más y no quería dejar de escucharla.

-¡Ouf, qué bien lo hace mi niño! – Se retorcía de placer y yo no cesaba mi acoso a su clítoris. - ¡Eso, eso, castiga mi bultito para que me corra! – Su mano agarraba mi pelo con fuerza y empezaba a hacerme daño. - ¡Ya queda poco, un poco más, chupa un poco más!

Quería seguir dándole placer a mi madre mamando su erecto clítoris y el dolor que me producía en el pelo casi me hacía abandonar mi trabajo, pero sus gritos y gemidos eran el mayor placer que había sentido nunca, más que la mamada que antes me había dado. Deseaba que mi madre gozara, que tuviera su orgasmo aunque el sexo entre una madre y su hijo fuera algo prohibido, tenía que seguir haciéndola gozar por mucho dolor que me produjera en mi pelo.

-¡Ya, ya viene! – Su mano tiró con fuerza de mi pelo y apartó mi boca de su coño. - ¡Ya está aquí, qué orgasmo más grande!

Sus piernas temblaban descontroladamente mientras de su raja salía un gran chorro de líquido que daba contra mi pecho. Su mano aferraba con fuerza mi pelo y mantenía mi boca alejada de aquella raja que empezaba a dejar de lanzar aquel líquido. Con una mano aparté con fuerza su mano y liberé mi cabeza. Lancé mi boca contra su coño para seguir dándole placer. Mis labios rodearon de nuevo su clítoris y volví al ataque.

-¡No, no, para! – Gritaba entres estruendosos gemidos. - ¡No puedo más, no puedo con tanto placer!

No paraba, todo lo contrario, sus gemidos me animaban a que chupara con más fuerza. Sus piernas casi no la podían sostener por el placer, no paraban de temblar mientras en mi barbilla sentía como chocaba los flujos que lanzaba su coño. Sus piernas intentaban cerrarse aprisionando mi cabeza entre ellas. Sus manos se apoyaron en mi cabeza y se encorvó echando su cuerpo contra mí. Su clítoris se escapó de mis labios y mi lengua lo siguió para acariciarlo un poco más.

-¡Me vas a matar de gusto! – Con mi mano empujaba su culo para que me volviera a dar su clítoris. - ¡No puedo, me mareo de placer!

La solté y la guié hasta que quedó tumbada en el sofá con sus piernas bien abiertas y su coño totalmente mojado. Me arrodillé en el suelo, junto a ella que aún se retorcía de placer mirándome con pasión y deseo. Los flujos que mi madre había lanzado empapaban mi cara y mi pecho, sólo podía oler a ella, estaba envuelto en su aroma y eso producía una rara y placentera excitación que no dejaba que mi pene perdiera la dureza que había alcanzado con la mamada que antes me había dado.

Puse mi mano en su muslo y empecé a acariciarla suavemente, deleitándome en la suavidad de su piel. Podía ver perfectamente su coño depilado y mojado, aquel triángulo de pelos que parecía indicar la dirección hacia la que había que ir para encontrar el placer más grande de este mundo: follar con mi madre.

-¿Tienes hambre? – Me dijo mientras se quitaba la camisa y acaba de liberar sus pechos de aquel sujetador. - ¡Mi niño tiene su comidita lista!

Allí estaba mi lujuriosa madre. En la penumbra podía ver su desnudo cuerpo, totalmente desnudo. Sus manos acariciaban sus pechos ofreciéndome la cena más deliciosa que un hijo de dieciséis años pudiera desear. Sus oscuros pezones me hipnotizaban. Me giré y cambié las velas de lugar, aproximándolas a donde estábamos de forma que el cuerpo de mi caliente madre quedara más iluminado y poder apreciar toda la belleza y sensualidad de aquel maduro y maternal cuerpo.

-¡Eso es hijo, si esas velas han conseguido que tú y yo sintamos esto, ponlas lo más cerca posible para no perder la lujuria que estoy sintiendo!

Su lengua acariciaba sus labios dándole un brillo que la hacia más deseable bajo la palpitante luz de aquella mágicas velas. Me lancé sobre ella y nuestras bocas se unieron. Nuestras lenguas jugaban entre ellas, pasando de una boca a otra. El sabor a semen de su boca se mezcló con el sabor de los flujos que me había regalado y que había saboreado con mi boca.

Con mi mano busqué de nuevo la fuente del placer de mi madre. Acaricié su bello púbico y seguí la dirección que marcaba aquel pequeño triángulo. Con mi dedo encontré su clítoris que ahora permanecía oculto entre sus labios, agazapado a la espera de atacarme en otro momento de pasión. Sus labios estaban separados y mi dedo encontró fácilmente el resbaladizo camino a su vagina. Lo acariciaba con suavidad mientras nuestras bocas no dejaban de besarse. Su clítoris empezaba a despertarse de nuevo, mi madre se estaba excitando y aquel apetitoso bultito crecía como preludio de la lujuria que se iba a desatar. Lo toqué y podía notar como aquel bulto se extendía recorriendo su raja hasta perderse dentro de su vagina.

-¡Mete tu dedo! – Me pidió.

Miraba su cara cuando empujé mi dedo contra su coño. Su cara se estremeció y se mordió los labios por el placer que sentía. Moví mi dedo dentro de su vagina y después lo saqué, recorriendo el bulto que formaba su clítoris a lo largo de su raja. Ahora estaba aún más grande. Lo miré, ahora había luz suficiente para contemplar aquel hermoso coño. El clítoris había crecido y sobresalía de los labios que lo protegían. Mi lengua se preparaba para volver a acariciarlo, deseaba acariciarlo y sentir el sabor de mi madre en mi boca. No pude, una mano de mi madre me agarró por el cuello y me empujó contra su pecho.

-¡Cómete las tetas de tu madre! – Me ordenó empujándome contra ella. - ¡Me estás volviendo loca!

Seguía acariciando su coño que de nuevo volvía a mojarse. Mi lengua lamía el erecto pezón, aquel pezón oscuro que mi madre me ofrecía. Su cuerpo se estremecía por el placer, se agitaba con mis caricias y mis besos. Estaba gozando de mi madre y eso ya no me parecía tan mal. No quería pensar en lo que pasaría al día siguiente cuando se le pasaran los efectos de las velas. Tal vez se enfadaría conmigo por haber traído aquello, tal vez se sintiera mal con ella misma por haber desatado aquella pasión oculta que tenía por tener sexo con su hijo. Fuera como fuera, en aquel momento mi madre se había ido de allí, bajo mis caricias y besos estaba una madre desesperada por sentirse amada por un hombre… Y por suerte yo era el hombre que estaba gozando con ella.

-¡Méteme dos dedos y mastúrbame!

La obedecí como buen hijo amante. Mis dos dedos empezaron a penetrar su vagina, intentando acariciar todo lo posible su vagina. Dejé de mamar sus pechos al sentir que se iba a correr de nuevo. Miraba su bonita cara que mostraba el placer que mis dedos le daban. Su cuerpo se movía poseído por la lujuria que le producía tener aquel sexo prohibido. Mis dedos se movían cada vez más rápido y sus gemidos eran más fuertes y rápidos. Ya estaba a punto de tener su deseado placer.

Sus piernas se tensaron y temblaban de nuevo. El orgasmo ya estaba aquí. Su cara mostraba el placentero orgasmo que su coño le estaba regalando, su cabeza se agitaba, gemía, gruñía, se retorcía y por fin sentí en mi mano el golpe del nuevo chorro de flujos que su coño lanzaba para mí.

-¡Dios, me voy a quedar seca! – Decía entre gemidos y gruñidos. - ¡Nunca nadie había conseguido arrancarme tanto placer! ¡No pares, mata de placer a tu madre!

No podía más, necesitaba comer tan jugoso coño. Saqué mi mano de su vagina y la coloqué abierta de piernas de forma que su raja estaba totalmente indefensa ante el inminente ataque de mi boca. Aún salía algo de flujos de su maduro coño. Con un movimiento rápido, mis labios se aferraron con fuerza a su clítoris para no dejarlo descansar. Las caderas de mi madre se movían descontroladas y sus gemidos mostraban que estaba perdiendo la razón al follar con su hijo.

-¡No puedo más! – Gritaba y se agitaba. - ¡Necesito tu polla dentro de mí!

Quería que la follara, pero yo necesitaba satisfacer por completo el placer que me producía comer su coño. No paré, no tuve compasión y seguí mamando su clítoris mientras mis dos dedos volvían a penetrar su vagina. Aquello la hizo enloquecer, lanzando más flujos, mojando mi boca y mi mano, convulsionándose desesperada, retorciéndose por no poder soportar tanto placer. Y no paré hasta que su mano se apoyó en mi cabeza, empujando con fuerza para que la dejara.

-¡Para, para, no sigas, no puedo más! – No me ordenaba, me imploraba que parara. Entonces dejé de mamar su clítoris y acaricié con suavidad su raja con la mano. - ¡Gra… gracias! ¡Estoy mareada y no tengo fuerzas!

La besé sin dejar de tocar suavemente su sexo. Mi madre era la mujer más excitante que pudiera imaginar. Sus gemidos y movimientos me tenían totalmente erecto e iba a tener que hacer grandes cosas para acabar con tal erección.

-¡Mira cómo estoy, mamá!

Coloqué mi polla a la altura de su cara y ella la miró. Una gran sonrisa de placer apareció en su boca.

-¡Coge las velas que para lo que tú necesitas tenemos que irnos a la habitación!

Me levanté con el pene totalmente erecto y agarré las mágicas velas que habían conseguido que mi madre deseara ser amada por mí. Ella caminaba delante de mí por el pasillo, desnuda. Podía ver como sus nalgas se bamboleaban con sus movimientos. Entramos en su habitación y ella se tumbó en la cama esperando que yo colocara la luminaria sobre la mesita de noche. Me tumbé junto a ella contemplando la belleza del cuerpo de mi madre. Su mano agarró mi pene y comprobó que aún podía estar más dura.

-¡Hijo, la necesito más dura! - Se puso de rodillas y se inclinó hasta que mi polla empezó a perderse dentro de su boca. ¡Qué buena mamada me estaba dando! - ¿Quieres correrte otra vez antes de follarme?

Aquellas palabras casi consiguen que me corra. Escucharla hablar de follar conmigo me elevaba la excitación y ella esa noche estaba dispuesta a todo. Negué con la cabeza para que siguiera mamándome.

-¡Entonces te haré una paja con mi raja!

Soltó mi polla y abrió bien las piernas para subirse sobre mí. De nuevo su mano la cogió, pero ahora dirigió mi glande hasta colocarlo entre los labios de su mojado coño. Sentí el calor que desprendía su lujuriosa vagina, aquello iba a hacer que me corriera, pero quería aguantar más, intenté controlarme para no lanzar mi semen. Mi madre empezó a frotar mi polla contra su clítoris y aquellas caricias eran ya demasiado. Intentaba aguantar y algo de líquido blando empezó a brotar levemente, mojando su clítoris y bajando por mi polla. Ella sintió como su mano se llenaba con aquel líquido.

-¡Parece que estás a punto! – Dijo llevando su mano manchada a la cara y oliendo aquel líquido. - ¡Pues lanza todo lo que tienes en tus huevos!

Se sentó y aprisionó mi polla contra mi cuerpo con su coño. No se la metió, la colocó entre los labios y se movía dándome unas maternales caricias con los labios de su coño. Su clítoris había vuelto a crecer como anteriormente y podía sentir cómo se deslizaba sobre mi glande, produciéndome un gran placer. Ella también estaba gozando con aquellas caricias.

-¡Oh Juan, vamos córrete! – Sus manos acariciaban mi pecho mientras sus caderas se movían para restregar nuestros sexos. - ¡Dale a la caliente de tu madre ese semen que guardas en tus huevos! – Aquello era casi insoportable, me dolían los huevos al no dejarlos vaciarse. - ¡Vamos, sé que quieres descarga ya!

Movió las caderas de forma que su clítoris se restregó con fuerza contra mi polla, dándome tanto placer que no pude aguantar más. Fue como si soltara un resorte. Mis huevos se sintieron aliviados al poder soltar su carga. Un gran chorro de semen brotó entre nuestros cuerpos, mi madre se frotó más aún, agachando la cabeza para ver como de entre sus labios brotaba mi semen.

-¡Eso es, sigue mojando a mamá con tu delicioso líquido! – Gimoteaba excitada por lo que estaba viendo. - ¡No pares, dale todo a mamá!

Otra sacudida de placer y más semen brotó. Mi madre seguía moviéndose sobre mi polla e hizo un movimiento extraño. No puedo describir el placer que sentí cuando mi polla entró dentro de su vagina, aún estaba lanzando semen y ella la introdujo dentro, haciendo que el resto de mis fluidos cayeran dentro de su caliente vagina.

-¿Te gusta el caliente coño de tu madre?

No podía contestar, estaba en la gloria sintiendo como mi polla entraba y salía de su vagina, sintiendo como aún salía semen y llenaba a mi madre. Quedé exhausto por el placer. Mi pene seguía dentro de ella e iba perdiendo el vigor que a mi madre tanto le gustaba.

Se tumbó junto a mí, besándome en el pecho y acabando por darnos un apasionado beso en la boca. Su coño estaba lleno de mi semen y nuestros cuerpos mojados por el sudor por el sexo que habíamos tenido.

-¿Te quedan fuerzas? – Me preguntó y se colocó boca abajo. - ¿Te gusta el culo de tu madre?

Levantó un poco las caderas y su redondo culo quedó en pompa, excitante y esperándome. Me puse de rodillas junto a ella y mi polla descansaba entre mis piernas. Con mis manos acariciaba su culo y admiraba su redondez. Tomé una de las almohadas y se la coloqué en la barriga para que su culo quedara levantado.

-¡Eh! – Dijo ella sorprendida. - ¿Dónde has aprendido esto?

No le contesté, me coloqué sobre ella de forma que mi polla flácida quedó en la raja de su culo. Pasé mis manos por debajo de sus axilas y la agarré por los hombros. Mi boca mordisqueaba su cuello y nuca y su cuerpo se agitaba de placer bajo el mío. Me movía como si la follara y ambos podíamos sentir como mi polla crecía poco a poco, empujando cada vez más contra su culo.

-¡Siiiiiií, mi niño empieza a recuperarse! – Dijo sensualmente. - ¡Haz que mamá goce otra vez!

Me movía y mi polla tenía ya la fuerza suficiente para embestirla. Empujé y sentí que separaba las carnes de su culo.

-¡Eh cuidado! – Dijo ella. - ¡Ese agujerito es virgen! - En mi glande pude sentir la extraña sensación de tocar su ano. Empujé un poco y mi madre dio un respingo al sentir que era forzada. - ¡Juan, te he dicho que por ahí no!

Moví mis caderas y mi polla cayó debajo de aquel apretado agujero. Sentí que tocaba su coño pues estaba mojado, muy mojado. Ella se relajó y su culo se levantó un poco más para que nuestros sexos se frotaran totalmente. Mi boca seguía mordiendo su cuello y podía sentir la respiración agitada de mi lujuriosa madre.

Sin previo aviso y de forma inesperada me levanté y me coloqué de rodillas detrás de ella. Agarré sus caderas e hice que se levantara, con las manos empujé sus piernas para que quedaran bien abiertas. Allí delante tenía el coño mojado y caliente, sus labios estaban bien abiertos esperando que mi polla entrara. Penetrar a mi madre es una de las sensaciones más placenteras que he vivido en mi vida, pero en aquel momento descubrí qué lo que de verdad me excitaba más era lamer su raja. Me agaché y mi lengua empezó a acariciarla en su más escondida intimidad.

-¡Oh, eso no me lo esperaba! – Ella gimoteaba y se retorcía de placer por el inesperado invasor de su coño. - ¡Eres maravilloso comiéndome el coño!

De su vagina empezó a salir los flujos, si a mí me gustaba lamer su coño, a ella la volvía loca. Mis manos manoseaban los redondos cachetes de su culo, mi lengua no cesaba de atacar su mojada vagina. Mi polla estaba lista, endurecida para regresar al maternal cobijo de su vagina, de su caliente vagina.

Me levanté y agarré mi polla con una mano. No podía más y la llevé directamente a su rosada entrada. Empujé y entró por completo sin ningún esfuerzo. Agarré sus caderas y empecé a penetrarla con ansia. Ella gemía y agarraba con fuerza las sábanas al sentir como su hijo llenaba toda su vagina, por completo, sin dejar ningún espacio libre entre los sexos de madre e hijo.

Desde arriba veía como mi gruesa polla entraba en ella, como se deslizaba acariciada por los pliegues de los labios vaginales que se habían dilatado para recibirme. Giraba la cabeza para mirarme y en su cara mostraba todo el placer que estaba sintiendo.

-¡Antes me he corrido yo! – Le dije. – Te follaré hasta que te arranque un brutal orgasmo.

-¡Pues sigue clavando tu hermosa polla en mí y no tardaré en correrme!

Mis embestidas se hicieron más agresivas, cada vez que mi polla entraba por completo en ella, lanzaba un profundo gemido de placer. Yo aumentaba el ritmo de mis penetraciones y ella el de sus gemidos. Sobre mi polla podía ver como su apretado ano se deformaba cada vez que empujaba contra su culo. No lo pensé, puse el dedo gordo de mi mano sobre aquel circulito y lo acaricié con suavidad.

-¡Uf, qué me estás haciendo en mi culo! – Me preguntó sintiendo placer con ello.

-¡Nada, te acaricio lo que antes no quisiste darme!

-¡Pues no te pares! ¡Qué me gusta!

Mi dedo siguió acariciando mientras mi polla entraba y salía de ella. Empujé un poco con el dedo y su esfínter empezó a ceder. Hasta la uña se perdió en su apretado ano.

-¡Cabrón, me estás follando el culo con tu dedo!

-¡Sí! ¡Anda y goza que esto te está gustando! – Le di una bofetada en la nalga con la otra mano.

-¡Sí, eso sí! – Un gran gemido siguió a aquellas palabras que fueron las últimas, después todo fueron gritos y chillidos de placer.

Podía sentir como el cuerpo de mi madre se agitaba y gozaba. Estaba en la gloria mientras mi polla entraba por completo en su vagina y mi dedo no podía entrar más en su culo. Llevaba un buen rato dándole placer mientras ella se retorcía y gozaba.

-¡Córrete conmigo! – Me pidió.

-¡Y si te quedas preñada!

-¡No puedo, ya no puedo, estoy operada! – Gimió profundamente. - ¡Lléname con tu leche!

Aquello me desquició, dejé su culo y agarré sus caderas con fuerza para correrme dentro de su vagina. Ella empezó a temblar de placer, mis gruñidos se mezclaban con sus gemidos.

-¡Ya, ya, ya…! ¡Me estoy corriendo! – Gritó desesperada. - ¡Dámelo todo!

Empujé mi polla contra ella todo lo que pude y sentí como mi semen empezaba a brotar de mi polla y se vaciaba en ella. Cada chorro que lanzaba producía una convulsión en el cuerpo de ella.

-¡Oh, puedo sentir su semen caliente! – Se retorcía de placer. - ¡Dámelo todo, quiero todo tu semen!

Los dos caímos exhaustos en la cama, ella bajo mi cuerpo, yo sobre su cuerpo. Mi polla se convulsionaba  dentro de ella, dando pequeños botes para soltar el poco semen que me quedaba después de una noche de haberme corrido tres veces gracias al sexo que me había ofrecido mi madre. Pero qué pasaría al día siguiente cuando la magia de las velas hubiera pasado, se enfadaría conmigo, se deprimiría por haber tenido sexo brutal con su propio hijo. Entonces me invadió una extraña amargura que no podía reprimir.

-Mamá. – Le dije. - ¿Qué pasará mañana cuando se haya agotado la magia?

-Mañana estará aquí tu padre y no pasará nada, pero en cuanto se vaya volveremos a repetir esto cada vez que podamos…

-¡Entonces compraré más velas!

-Hijo, follas muy bien, pero pareces tonto… Te escuché hablar con tus amigos de los planes que teníais y aproveché las velas para tener sexo contigo. – Me tumbé junto a ella y la miré con la boca abierta. - ¡No me mires así! – Me dijo. – Hace tiempo te vi masturbándote y sentí tal excitación que decidí que a la menor oportunidad tendría sexo contigo… ¿No te gusta esto? – Me lancé contra ella y la besé en la boca.

-¡Nunca pensé que tuviera una madre tan caliente! – La volví a besar. - ¡He picado como un pardillo!

-La próxima vez que quieras follar no te gastes dinero en tonterías, díselo a tu madre, porque la magia no existe…

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